Uniendo los puntos en Palma de Mallorca

¿Has visitado una ciudad sin haber visto ni una foto de ella? ¿Sin haber buscado nada de información sobre qué ver, dónde comer, por qué lugares moverte ni cómo?

He de reconocer que en un viaje de fin de semana, yendo a un destino únicamente, no lo había hecho hasta ahora. Pero este pasado invierno me invitaron a visitar Palma de Mallorca y, como estaba hasta arriba de curro, decidí no mirar ni buscar ningún tipo de información sobre ella.

No solo eso: dejé que el azar decidiera la ruta por completo, que la visita fuera como un juego, una sorpresa total: les pedí a mis compañeros de viaje que marcaran, en una hoja de papel vegetal, cada uno un punto con un lápiz.

Posteriormente superpuse ese papel sobre el mapa de Palma y dibujé y uní dichos puntos, siguiendo un itinerario realista, dibujando un serpenteante recorrido por callejones, plazas, alguna avenida… Aquel iba a ser mi primer contacto con Palma de Mallorca y, lejos de haber hecho una visita guiada por el SEO al buscar en internet “10 lugares imprescindibles que visitar” o “Cosas que no debes dejar de probar en tu primera visita a Palma, seguí una de las propuestas del libro ¡Turista lo serás tú!, en concreto una llamada “Uniendo puntos”.

Si eres impaciente, te avanzo el resultado: me gustó tanto que me he propuesto ponerlo en práctica mucho más a menudo en futuros viajes. Y si quieres saber qué sorpresas me deparó este experimento (y cómo es Palma en invierno)… sigue leyendo.

Palma de mañana

La primera sorpresa no tarda en aparecer. Apenas he andado 5 minutos y me topo con la Fira del coleccionista, en los Jardins de la Misericòrdia. Puestos de postales, vinilos, juegos de rol, cacharros, reliquias, y todo tipo de objetos de dudosa utilidad práctica se reparten ordenadamente por las veredas de este parque. “¿Verdad que son interesantes estos sellos de Lady Di y el príncipe Charles?” me pregunta con avidez el tendero. “Mira a ver estos vinilos, estos libros, estas monedas…” me va enumerando según sigo mi recorrido. “Están regalados” remata cuando ya estoy fisgando en otro puesto de cachivaches.

El despliegue de color me espera en La Rambla, con puestos callejeros de flores con os que me topo camino a la calle Horts. Pero me llaman más la atención las curiosas paradas de bus, con formas micológicas, y la cantidad de portalones con arcos de medio punto que empiezan a aparecer, en sólidos edificios con dos enormes primeros pisos y un diminuto almacén superior. Algunas de ellas con enormes cortinas por el exterior, para paliar los efectos del sol y del calor, que supongo que en verano será notorio. Empiezo a adentrarme en el casco antiguo de la ciudad y en esta zona abundan las galerías de arte y una pastelería en la que quedarse a vivir: Rose Velvet. Amantes de las tartas, de los dulces y del buen café: este es el lugar.

El viento de mar no para de colarse entre los callejones que recorro camino a la peatonal Sant Miquel, en ligera subida. Oigo hablar en castellano, catalán, inglés y alemán (en ese orden). Hay ajetreo pero es tranquilo. Será que es sábado o que, simplemente, aquí se vive a otro ritmo. Me sorprende encontrarme una iglesia ortodoxa rusa (Parroquia de la Natividad del Señor), aunque, lamentablemente, no coincide con ninguna misa. Entro, en cambio, en la tienda Son Vivot, que es un paraíso de la gastronomía local: vinos, quesos, embutidos, miel, cervezas, frutos secos, sal… ¡Ñam!

Me salto las reglas de mi “juego” pero la ocasión lo merece: pregunto por Twitter recomendaciones para comer ensaimadas. Parece tema serio: responden 3 personas casi al momento. La primera sugerencia resulta que está cerca de Plaza de España, una plaza amplia, luminosa y eje de comunicaciones (con un carril bici poco usado) y con una preciosa estación meteorológica en una esquina, punto de encuentro de jóvenes. Asalto el Forn La Mallorquina (31 desembre con Joan March) y me regalo una ensaimada rica, pero grasienta en exceso. En la plaza me llama la atención una estación de tren trasnochada, anclada en 1912, donde decenas de turistas esperan el nostálgico y caro tren destino a Sóller.

La ruta me devuelve al centro por Caputxins y tras pasar por un sensacional local de comida preparada para llevar al peso (algo muy mediterráneo, que apenas he visto en Madrid) llego al Mercado del Olivar en la plaza homónima, un espectáculo para los amantes del pescado y del marisco. Rayas, pulpos, morenas, musolas, lubinas, dentol, besugos, pagueras, anfos, sepias, salmonetes, rascacios… pueblan los mostradores de las pescaderías. Algunos aún coletean sobre el hielo picado, de frescos que están. Y aunque hay hambre, me resisto de acodarme en la barra de alguno de los puestos del mercado en los que preparan todo ese pescado y marisco, sobre todo porque son tan populares que veo complicado hacerme fuerte en el mostrador.

Un buen amigo, que se suma a las recomendaciones de las ensaimadas por Twitter, me recomienda comer en Celler Pagés, y le hago caso. Sé que es hacer “trampa”, me salgo de mi ruta, pero me apetece comer bien y me fío de la recomendación espontánea. Al final va de eso ¿no?, de dejarse llevar. En el camino sigo descubriendo rincones, esquinas, juegos de luces y sombras.

El Celler, escondido en un callejón, es un lugar discreto, de manteles de cuadros y amables camareras, de esas que te hablan con tanta familiaridad que crees que te confunden con otra persona. Paso del frito mallorquín (entrañas y casquería), de la lengua con alcaparras y de la sopa mallorquina, y tiro a por unas sabrosas habas mallorquinas -con panceta en el guiso- y un delicioso queso con pan (sabroso, contundente, ¿con algo de centeno?). Me sorprende, por lo que me cuentan y veo, que a pesar de estar en una isla, de que el mar sea una constante en su vida y cultura, los platos más típicos sean de “tierra adentro”, muchos a base de cerdo.

Palma de tarde

Retomo el recorrido allí donde lo dejé, en la calle Sindicat llena de comercios populares, y me interno por calles angostas, quebradas, cortas, sombrías, mediterráneas, con un olor a humedad siempre presente que tanto nos llama la atención a los de secano. Calles serpenteantes que conectan con tranquilas plazas donde sentarse y tomar un respiro. De entre las plazas Quartera, Mercadal y Quadrado, me quedo con la última, sus enormes árboles y, sobre todo, con su casa modernista, Can Barceló (1902), en una esquina, casi oculta.

Tengo la suerte de que mi ruta pase por Ca’n Joan d’Saigo, por lo que me han dicho (por Twitter) una institución de la ensaimada. El local es deliciosamente decadente: mesas de madera con encimeras de mármol, suelos de azulejos abigarrados, lámparas de araña, aparadores de cristal y una decoración abigarrada de esculturas, platitos y, también, un reloj de pared -en funcionamiento-. Pero sobre todo las ensaimadas que le dan fama están a la altura del mito: ligeras, elásticas, suaves, con el punto de manteca de cerdo correcto. Reconforta ver que hay negocios que se mantienen fieles a sus orígenes y respetan el producto que hacen.

Este es el barrio que más disfruto. Silencioso y casi sin gente, por sus calles estrechas parece que tan solo circule el aire húmedo de la tarde. En algunas paredes, en puertas, en desconchones y en carteles desvencijados encuentro buen arte urbano. Pero, sobre todo, descubro los patios de mansiones señoriales del siglo XVI a XIX, con escudos de armas, tras enormes portalones de madera. Cuadrados, con arcos de carpanel y una escalera ascendente a las plantas superiores. En su centro, siempre plantas, un desagüe entre los cantos que adornan el suelo y una luz cenital que hace que parezca un escenario en el cual se representará una obra de teatro. ¿Cómo serán por dentro esas casas? ¿Cómo estarán decoradas? ¿Vivirán ricos millonarios en ellas? ¿O los tataranietos de aquel comerciante que hizo fortuna con el aceite, tal vez con cereales o paños?

El barrio de Monti-Sion desciende lentamente por Sant Alonso y Pere Quetglas hacia La Calatrava donde un día estuvo el mar, allí donde está la muralla Dalt Murada. Hoy el mar ha sido expulsado unos centenares de metros y dos puertas dan salida a un parque poblado de palmeras, tras el cual se encuentra la carretera y, finalmente, el mar y la enorme bahía en la que se encuentra la ciudad. El mar. Es la primera vez que lo veo, en ocasiones se olvida que se está en una ciudad con puerto y playa. A mi espalda, una bellísima estampa: la catedral majestuosa, imponente, en lo alto. Y el punto de encuentro con mis compañeros de viaje: Alicia, Rubén, Lucía, Koke, Álex y Cristina.

Estoy cansado y enfilo de regreso hacia el hotel (siguiendo mi mapa) rumbo noroeste, pasando por detrás de La Llotja, por calles llenas de restaurantes con carteles en inglés y alemán, cuidados, bonitos pero ¿buenos? Sigo hasta la Parroquia de Santa Cruz (es la primera en la que entro: sobria, amplia, con cada celda con un atrio) y regreso al centro por la señorial Jaume III, donde en otra época había boutiques y hoy las cadenas de ropa, zapatos y bisutería de siempre las han remplazado.

Anochece y en Unió me paro en el Forn Fondo, que ya tiene las monas de Pascua en el escaparate: balones de fútbol, castillos, patos, princesas, coches, conejitos… esculturas de chocolate pequeñas y no tan pequeñas, listas para que los padrinos y madrinas las regalen por Pascua a sus ahijados. Una tradición mediterránea que (no sin cierta lógica) compruebo que aquí también se celebra.

Palma de noche

Derrotado, tras un día de pateo, nos acercamos todos los compañeros de viaje a cenar al Patrón Lunares, un restaurante pintón, bonito y donde no comemos mal y, por fin, platos del mar.

Aunque el broche de oro lo pone el concurso de improvisación en una pequeña Sala Trampa cercana. Un “combate” dialéctico de dos parejas, con retos y desafíos moderados por un divertido árbitro basados en los desafíos que el público escribe en un papelito. Lo pasamos genial (y a 6 € es un regalo) y disfrutándolo pienso en qué curioso es, casi como una señal, acabar el día en un espectáculo así, de improvisación. Llevo todo el día haciendo eso, dejándome llevar por el azar, por la suerte, por lo que unos amigos han determinado sobre un papel vegetal superpuesto sobre un mapa. Y soy plenamente consciente de que me he perdido obras y lugares icónicos de la ciudad (la Seu, la Catedral, la lonja, el Palacio de la Almudaina, los baños árabes….), pero he disfrutado tanto que no me importaría seguir descubriendo esta ciudad a golpe de azar en otra ocasión.

Yo volveré.

Y tú, lector, ¿te animarías a recorrer tu próximo destino siguiendo unos puntos dibujados sobre un papel vegetal?

 

Cuestiones prácticas:

Fira del coleccionista, en los Jardins de la Misericórdia: 1er y 3er sábado de cada mes. www.facebook.com/firetadelsencants

Cuando vayas al aeropuerto de Palma vete con tiempo: la cola en los escáneres tras la facturación es bastante larga. Palma recibe muchos visitantes de fin de semana con maletas de mano que ralentizan un montón los trámites en el aeropuerto.

Nota:

Este viaje ha sido realizado gracias a la invitación al colectivo de viajeros Outtripers al que pertenezco, por parte de la Fundación Turismo Palma de Mallorca 365.
Todos los lugares mencionados lo están solo porque me gustaron (no había compromiso alguno al invitarnos) y los recomendaría a mi pareja o a un amigo si quisiera visitar Palma.
Y por si te lo preguntas, volamos con airEuropa, nos alojamos en el hotel Balanguera (fuera del centro, pero cómodo y tranquilo) y, también, comimos en el restaurante EsBaluard a los cuales estoy agradecido por la invitación. Y a Jose, que vino a buscarnos y llevarnos al aeropuerto, por su simpatía y puntualidad.

1 comentario en “Uniendo los puntos en Palma de Mallorca

  1. Cuando lo leí en el libro pensé que era idea fantástica pero no me había vuelto a acordar de ella, me encanta, curiosamente yo voy a Palma también en unas semanas, seguiré alguno de tus consejos! Un saludo!

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