Cómo surfear siendo un cuarentón y no morir en el intento

“Menudo cabrón el chavalín este”, pensé agarrado a mi tabla, flotando exhausto.

Admito que no pude evitar pensarlo: es que me sentía un cuarentón frustrado e irascible recibiendo lecciones de un mocoso. Pero le sonreí, qué iba a hacer. Estaba claro que tenía razón.

“Ya sabes lo que tienes que hacer: salir del agua” me había dicho ese chavalillo mofletudo de 12 años cuando vio que ya no podía subirme más a la tabla. Tenía los músculos agarrotados, sin fuerza, y todo el cuerpo agotado tras tres días de campamento de surf en Razo (A Coruña), aprendiendo en Art Surf Camp. Y en la siguiente ola tras decirme eso, cogió, se subió a la tabla como quien se levanta y anda y se fue, deslizándose sobre la ola con un desparpajo que me producía mucha, mucha envidia, mientras le observaba flotando aferrado a mi tabla. “Es lógico, él tiene un padre surfista que le ha metido en esto desde pequeño” me decía para consolarme.

¿Y esto del surf?

Lo cierto es que el surf y yo teníamos una cuenta pendiente. Ver a la gente deslizarse por las olas, arriba y abajo, jugando con ellas, derrapando, saltando, acelerando y ralentizando… es magnético para mí.

Por eso, las olas y yo ya habíamos coqueteado en varias ocasiones. Eso sí, nunca hasta la fecha había hecho un curso de varios días para intentar lograr una progresión razonable. Hasta ahora habían sido flirteos de una mañana por aquí, otra por allá, que no llevaban a ninguna parte.

Recuerdo la primera vez que surfeé: tomé una clase de un día en Sudáfrica, en un sitio mítico: Jeffrey’s Bay, en una playa cerca de unos tubos infinitos, los míticos supertubes… Luego tonteé con las olas un día por Madagascar, otro por Senegal, uno más en Las Palmas de Gran Canaria… pero nunca más de un día. Y así no se puede aprender nada. Ni a surfear, ni a cocinar, ni a escribir. Hay que tener una mínima continuidad.

Por eso cuando recibí la invitación del campamento de surf Art Surf Camp no me lo pensé dos veces. Iban a ser tres días de clases en la playa de Razo, algo más al sur de A Coruña, y ya os adelanto que la experiencia valió muchísimo la pena.

Surf en Razo, A Coruña

Me encanta Galicia. Ese carácter rural, tranquilo, fresco, sano. Al menos cuando no llueve. Y por eso me encantó Razo, playa que no conocía. Como muchas de la zona, es una playa amplia, generosa, de arena suave, de fuertes mareas y, sobre todo, sin apenas desarrollo urbanístico. Por no haber, en el pueblo no había más que un pequeño supermercado, una panadería, varios bares (destacando El Cordobés, por cierto), y nada más aparte del Art Surf Camp en primera línea de playa. Vaya, un pueblacho tranquilo, perfecto para aprender a surfear en un entorno no deteriorado ni masificado.

El curso de tres días fue perfecto para reconciliarme con las frustrantes experiencias previas. Todos los días hacíamos lo mismo: tras desayunar, y enfundados en un buen neopreno (y bien untados de crema), tabla en mano (las nuestras las de novatos, acolchaditas y con buena flotabilidad) bajábamos a la playa. Calentamiento, carreritas por la arena y clase teórica con los pies en la tierra. Y tras esa horita de preparativos y teoría, ¡al agua!

El primer día fue frustrante, no nos engañemos. Antes de meterme pensé que como ya había surfeado otras veces sería todo más fácil, que me pondría de pie y eso, pero nada. El segundo ya sentí la progresión: desde la primera ola ya notaba que empezaba a tener estabilidad (ayudado por un mar tranquilo, con olas que entraban suaves, perfectas para aprender, con la marea baja, subiendo). Y el tercer día, la consagración: cambié incluso a una tabla un poco más pequeña, que me permitía coger las olas con mayor rapidez y deslizarme un poquito por ellas, lateralmente, generando esa felicidad plena que apenas dura 5 o 10 segundos… Sí, sí, sí, ¡era feliz en mi tabla!

¿Y en resumen?

Lo mejor

  • Los profesores: amables, divertidos, pacientes y, sí, también buenos profesores, claros en sus explicaciones y en sus sugerencias de mejora. Y, desde luego, apasionados, que se metieron en el agua para estar con nosotros en todas las clases. Nada de gritos desde la playa ni excusas para no estar a remojo: los tíos (¿solo hay profes chicos?) lo dieron todo para que nos subiéramos a las tablas. Gracias, sois responsables del éxito.
  • El Surf Camp, en primera línea de mar, estaba muy cuidado y limpio, era cómodo. Habitaciones limpias (dormitorios de 4, ¡con baño propio! con un agua caliente de vicio) y camas cómodas, justo lo que quieres cuando estás reventado.
  • El equipamiento estaba en muy buen estado, tanto los trajes, las tablas como el resto del Surf Camp, con un jardín con césped muy chulo y una zona donde limpiar todo el equipo tras salir del agua.
  • En verano proponen muchas actividades complementarias que me hubiera encantado hacer, como pádel surf, yoga, skate, longskate (en la pista que tienen en el jardín) y tienen una sala para proyectar pelis y jugar al ping pong en las tardes lluviosas… si es que tocan.

Lo peor

  • La comida: creo que es de las pocas veces que he comido de manera vulgar en Galicia, y eso que es difícil. Comida de rancho, hecha con poco cariño, tanto en el desayuno como en la comida y la cena. Y según escribo esto pienso, “mira que es difícil comer mal y más cuando sales del agua tras 4 horas de esfuerzo”). Una pena.
  • Y nada más.

 

A todo cerdo le llega su San Martín

La marcha fue algo triste. Había logrado lo que había venido buscando: aprender, empezar a estar cómodo sobre la tabla, pero… ¿y si hubiera tenido 7 o 15 días? Buah, hubiera sido una pasada.

De todas maneras, no descarto repetir. Es más, estoy seguro de que repetiré, el surf se ha hecho un huequecillo dentro de mí, por muy cuarentón que sea. Por mucho que sea una actividad extenuante. Por mucho que siempre haya un chavalín mirándome por encima del hombro. Porque eso, al fin y al cabo a mí ¿qué más me da si me lo paso así de bien?